La Escuela ha Muerto - Everett Arthur Reimer



Si este titular apareciera de pronto en la prensa o se transmitiera por la radio y televisión, generaría una inmensa alegría en la enorme masa de escolares entre los cuales es característica común la apatía y hasta el terror que les produce ir a la escuela, situación que evitarían si estuviera en sus manos. Por eso los adultos fungimos de sádicos irredentos cuando insistimos en el sagrado deber que tiene todo escolar de cumplir el rito diario de encerrarse en cuatro paredes para recibir el legado tradicional de su grupo social. 

Las sociedades asignaron a ciertas instituciones la función de educar. En las sociedades primitivas, la educación se producía tanto de manera espontánea como por medio de ciertos ritos en la relación permanente del grupo de adultos con los niños y jóvenes. A medida que las sociedades se vuelven complejas, aparecen las diversas formas de familia y las figuras sacerdotales que luego se transforman en iglesias y religiones. Junto a ellas, los poderes políticos, guerreros y estatales son la trilogía encargada de la transmisión de valores vinculantes a las nuevas generaciones. La modernidad y su modelo fabril le agregan la escuela como la conocemos hoy y burocratizan la función educativa, momento en que aparecen las "fábricas" para producir alumnos y los funcionarios llamados maestros. Pero los fenómenos sociales del siglo XX le han restado poder a estas instituciones, trasladándoselo a los medios de comunicación y a los grupos de pares. El niño de este fin de siglo es educado por la televisión, la radio, la música, la comunicación informática, los juegos electrónicos y sus grupos de amigos en la barra, la discoteca o la calle. Cuando se queda en casa el teléfono y más recientemente los chats, complementan la tarea.

El esquema escolar de la modernidad obedece y sirve a la racionalidad de tipo cientifista y técnico instrumental. La sociedad moderna, montada sobre el mito del progreso y con basada en la ética de empoderamiento sobre la naturaleza, necesitaba trabajadores calificados para lograr el dominio total del mundo. Pero en América Latina nunca hubo ni la calidad, ni la cantidad necesaria para lograrlo. El esquema de desarrollo mundial donde nosotros estamos del lado de la dependencia lo hace imposible. Para que aumente nuestro estandar de vida debe primero aumentar el de los Estados Unidos. Un estancamiento de su economía comprime la nuestra. Y cuando alcanzamos los niveles de los Estados Unidos, por ejemplo de los años sesenta, ellos ya han triplicado los suyos, abriéndose más y más la brecha.

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