La Instrucción Integral - Mijael Bakunin




Hay un hecho que debe impactar a todos los espíritus concientes, a cuantos aspiran a la dignidad humana, a la justicia, o sea la libertad de cada uno en la igualdad y por la igualdad de todos. Todas las invenciones de la inteligencia, todas las grandes aplicaciones de la ciencia a la industria, al comercio y en general a la vida social, sólo aprovecharon hasta ahora a las clases privilegiadas, como al poder de los Estados, protectores eternos de todas les inequidades políticas y sociales, nunca a las masas populares. Basta con que citemos las máquinas, para que cada obrero y cada partidario sincero de la emancipación del trabajo nos den la razón. ¿Con qué fuerza se mantienen las clases privilegiadas aún hoy en día, con toda su felicidad insolente y todos sus disfrutes inicuos contra la indignación tan legítima de las masas populares? ¿Por una fuerza que les sería inherente? No, es únicamente por la fuerza del Estado, en el que además sus hijos cumplen ahora, como siempre lo hicieron, todas las funciones dominantes, e incluso todas las funciones medias e inferiores, excepto las de trabajadores y soldados. ¿Y qué constituye hoy principalmente toda la potencia de los Estados? Es la ciencia.


Sí, la ciencia. Ciencia de gobierno, de administración y ciencia financiera; ciencia de esquilar los rebaños populares sin hacerles gritar demasiado, y cuando empiezan a gritar, ciencia de imponerles el silencio, la paciencia y la obediencia por una fuerza científicamente organizada; ciencia de engañar y dividir a las masas populares, de mantenerlas siempre en una ignorancia saludable, a fin que no puedan nunca apoyándose mutuamente y reuniendo sus esfuerzos, crear un poder capaz de derrocar [a sus enemigos]; ciencia militar ante todo, con todas sus armas perfeccionadas, y esos formidables instrumentos de destrucción que funcionan de maravilla; ciencia de la ingeniería por fin, la que creó los buques de vapor, los ferrocarriles y los telégrafos; los ferrocarriles que, usados por la estratagema militar, multiplican la potencia defensiva y ofensiva de los Estados; y los telégrafos que, transformando cada gobierno en un [gigante] Briareo de cien, mil brazos, les da la posibilidad de estar presentes, de actuar y agarrar por doquier, crean las centralizaciones políticas más formidables que existieron nunca en el mundo. ¿Quién puede pues negar que todos los progresos de la ciencia, sin excepción alguna, han beneficiado hasta ahora al aumento de la riqueza de las clases privilegiadas y al poder de los Estados, a expensas del bienestar y de la libertad de las masas populares, del proletariado? Pero, se objetará, ¿acaso no aprovechan también a las masas obreras? ¿No son ya mucho más civilizadas en nuestra sociedad que lo eran en los siglos pasados?

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